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La poco durmiente

Hace mucho tiempo atrás había un rey y su reina que todos los días exclamaban:
- Ay, si tan sólo no le hubiéramos enseñado a hablar a esta wawa!

Pero pasaba el tiempo y la wawa no hacía más que ampliar y ampliar su vocabulario.

Era así desde que nació. Su inquietud se hizo notar incluso desde el vientre materno. Cuenta la reina que la bebé no paraba de patear allá dentro haciendo que sus padres sospecharan que sería break dancer o practicante de tae kwon do al alcanzar la vida adulta (Vale la pena mencionar que la princesa en su adolescencia hizo ambas cosas). Su exceso de movimiento hizo que casi nazca estrangulada con su propio cordón umbilical! Era terrible, sus inquietos ojitos color miel luchaban contra el sueño cuando ella aún estaba en brazos, evitaba a toda costa dormir y perderse un segundo de lo maravillosa que le parecía la existencia.

Un buen día los reyes, para distraerse de los afanes que causaba la pequeña, realizaron una fiesta en la cual invitaron a doce amigos del reino. Uno de ellos llegó tarde y puso su saco en el colgador al último. El colgador era bastante tenebroso, tenía forma de querubín con gesto inquisitivo y estaba pintado de dorado. La pequeña inquieta, Selene, intentó tambalearse desde este saco, pensando recrear alguna escena que vio en alguna película ochentera. El saco no aguantó el peso de la niña y jaló consigo el colgador de yeso sobre la cabeza de la pequeña.

Los reyes tuvieron que retirar a sus invitados para atender a la casi descocada niña que sangraba con la frente partida. La pequeña estaba gritando de dolor y hasta los vecinos se enteraron de lo ocurrido dados sus sollozos exageradamente estremecedores. La reina tuvo una idea; empezó a distraer a la pequeña contándole algún cuento de hadas que se sabía de memoria. La princesa Selene se tranquilizó al escuchar con atención. Como por acto de magia, por vez primera escuchaba en silencio y callada, centralizando toda la energía en imaginar todos los detalles del relato.

El rey, que deseaba a toda costa preservar a su hija querida de la desgracia, mandó a quemar todos los colgadores del reino y compró muchos, muchos, muchos libros sobre cuentos de hadas. Hans Christian Anderson, los hermanos Grimm y Charles Perrault entre algunas compilaciones de varios autores menos conocidos. A la pequeña no le faltarían historias antes de dormir por un buen tiempo. Luego de cien castillos, cien príncipes azules y cien colorines colorados, las historias terminaron y esto no fue un problema para los reyes pues ellos eran muy sabios. Empezaron a relatar otro tipo de historias para poner a dormir a la princesa Selene; mitología griega.

Luego de cien dioses, cien héroes y cien batallas, las historias terminaron y esto tampoco fue un problema para los reyes pues ellos eran muy sabios. Empezaron a relarle historias de novelas inglesas. Luego de cien hobbits, cien caballeros de la corte arturiana y cien personajes victorianos las historias terminaron y esto... ¿Qué creen? No fue un problema para los reyes pues ellos eran muy sabios. Empezaron a contarle sobre la creación, los astros y la vida en el planeta Tierra.

La niña llegó a kinder y en su primer día de clases la monjita le relató sobre la historia de Adán y Eva. Selene molesta levantó la mano y le dijo a su maestra:

- Pero este cuentito es de mentiritas! Yo vine a que me enseñen sobre los dinosaurios!



La monjita no supo qué hacer y llevó a la niña ante el psicólogo rey sin saber que éste era el padre de la princesa inquieta. La pequeña Selene desde muy temprana edad tuvo que aprender a discernir entre los tipos de historias que coleccionaba para no meterse en problemas al interactuar con el resto de la sociedad.

Sin embargo, llegó un punto en el cual todos los libros que sus padres le leían llegaban a su fin pero esto no fue un problema para los reyes pues ellos eran muy sabios. Alentaron a la pequeña Selene a que aprenda a leer más rápido de lo que debía contándole los escritos a medias, pues sabían que era curiosa y que haría todo lo posible para conocer las conclusiones de todos los escritos en el reino a su alcance. Una vez que la princesa aprendió a leer por su cuenta vivió feliz hasta el fin de sus días.

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